miércoles, 27 de noviembre de 2013

172800 Pasos

Feliz jueves a todos. Antes de meterme de lleno con la crónica de la maratón de San Sebastián, os quiero hacer un regalo (para mí lo ha sido), en forma de relato.
Se trata de un texto que llegó a mis manos por casualidad, hace cosa de un mes. Como suelen suceder estas cosas, la historia comienza a forjarse, durante el transcurso de una animada conversación, tras la barra de un bar: estaba tomando una cerveza con un viejo amigo, David Rojo, periodista, al que hacía tiempo que no veía; tanto, que se quedó perplejo al verme tan fino como estoy ahora y por supuesto, tampoco conocía la existencia de "Millas y birras". Le estuve contando de qué iba el blog, de cómo había logrado bajar tanto peso, de mi preparación para San Sebastián y él me comentó, que tenía un amigo, que recientemente había participado en un ultramaratón: Madrid-Segovia (100km) y que otro amigo, a modo de homenaje, ante tamaña hazaña, le había escrito una crónica muy original. Leí por encima la publicación (estaba en Facebook), utilizando como soporte su propio móvil, esto hizo que no pudiera prestarle la atención requerida y aun así, me dejó una grata impresión.  Me quedé con ganas de volver a leer más detenidamente el texto, por lo que le pedí a David que me lo enviara, lo cual, hizo gustosamente.
Una vez en mi poder y con mucha más calma, tuve el placer de verme inmerso en esta preciosa historia, que te atrapa desde el título. De una forma delicada y centrada en los detalles, te pone sutilmente en la piel del protagonista, que logra culminar con éxito su hazaña, motivado por las decisiones que han forjado su vida. Simplemente genial.
No lo dudé ni un instante y me puse en contacto con el autor de la crónica, para que me diera su permiso y así poder publicar esta pequeña joya en "Millas y birras".
Al día siguiente recibí el beneplácito
de Ralph del Valle ( http://www.ralphdelvalle.com/ ) , que así se llama el autor, por lo que aquí os dejo con esta original historia, que merece ser promocionada.

 
                                     172800 pasos

Contar no sirve de nada si uno sólo sabe contar.
Si vives rodeado de números por todas partes, envuelto en tasas, hojas de Excel, lo último que quieres es contar. Te levantas en un sábado, libre de toda esa innecesaria intendencia. Te vistes y bajas a la calle a por el desayuno. En tu hogar, dormita la mujer que amas. 
Desde hace tanto tiempo, que no sabrías cuantificarlo.
Volverías a casa y arrancarías la rutina. Un desayuno, una ventana abierta, el sordo rumor de las calles del centro de Madrid. Podrías contar las veces que se abre la puerta del garaje, los dos zumbidos que da siempre el cartero en los timbres. Esos sonidos regulares y conocidos que dan empaque a la existencia. Y todo estaría bien así. Atado y en calma.
Pero hay sábados en los que no te apetece contar. Mirar los números sólo desde la barrera. Verlos como quien mira el paisaje de un pueblo al que hace mucho tiempo que no va. Simplemente, contemplarlos.
Entonces es cuando te pones las zapatillas y te dejas ir.
Te olvidas de la lógica y de los índices. Miras al norte, hueles el aire como los ciervos huelen la tormenta. Y en vez de huir, corres hacia ella.
Aunque esté a 102 kilómetros de ti.
Tienes tiempo para ver amanecer, para oler la mañana derramarse sobre los campos. Tienes tiempo para perderte en tu nombre, darle vueltas a un mantra en el que tu respiración te lleva al fondo de ti mismo. Ese lugar al que, algunos días, parece que va a entrar la miseria circundante, todas esas palabras que amparan números crueles. Las que te convierten a ti mismo en un número. 
Mera estadística.
 Corre un poco más fuerte para escaparte. Hay una montaña delante. Si la pasas, el pensamiento negro quedará atrás.
Es una ultramaratón. Primero fue una media maratón. Después la maratón entera. Ahora el infinito ante ti, agua, una gorra, y la nada. Vas dejándolo todo en el punto de partida. Al que después volverás. Pero eso será más tarde.
Diecisiete horas más tarde. Pasas la montaña y ya no queda nada.
Tus piernas se solidifican, tu cuerpo grita. No importa. Ya no. Aquí y en este momento, eres libre. 
Piensas en la vida que has construido. Piensas en los ojos que te acunan y las responsabilidades que has elegido: la casa, el perro, el coche. No te pesan. Porque estás haciendo lo que querías, con quien querías hacerlo. Te has equivocado muchas veces en la vida, pero no en esto.
Tus piernas se aligeran cuando piensas en ella. Esperándote en la línea de meta.
No, nada de eso pesa si sabes que estás con la persona indicada, piensas mientras ya no sabes ni por qué kilómetro vas. Es ya tarde y el sol se pondrá pronto. Hay pocas cosas importantes, piensas mientras cae la noche y enciendes la luz artificial, y ninguna de ellas se puede numerar. 
Sólo vivir.
Llegas a la ciudad anclada en el tiempo cuando ya es de madrugada. Casi dieciocho horas, te dirá después el marcador oficial. No lo miras ni lo sabes, no te importa. Sólo quieres levantarte mañana, mirarte en el espejo, y darte cuenta de que has vuelto a ti mismo. Lejos de lo que no importa. Limpio. Feliz.
172800 pasos después, no sabes que has corrido 172800 pasos. Pero eso ya lo cuenta por ti la mujer que amas desde mucho antes de que aprendieras a contar.
Espero que hayáis disfrutado de este regalo para los sentidos.

En breve la crónica de la maratón de San Sebastián, que tan buenos momentos me ha dado (ya soy "sub 3")
Un saludo a todos los viciosos del running.