martes, 15 de octubre de 2013

10K Ciudad de León.

Feliz jueves a todos. Cada vez me resulta más gratificante la parafernalia y la rutina de los días de competición; incluso llego a disfrutar del duermevela de la noche anterior, en la que apenas pegas ojo por esa sensación de nervios, localizada en la boca del estómago. Para mí, es un estado sólo comparable con la vigilia previa a las excursiones de fin de curso (cuando estaba en E.G.B.), cuyo destino final, era el parque de atracciones de Madrid. Seguro que los nacidos en la década de los 70 y principios de los 80 saben bien a lo que me refiero...
Tras este ataque de nostalgia, seguiremos con la crónica:
La mañana en cuestión, amaneció fría y con un cielo que amenazaba lluvia. No me hizo falta el despertador para estar en pie a la hora prevista; como todos los días de competición, el desayuno consta de cereales, fruta y un café, seguido de una visita relámpago al señor "roca", para dirimir ciertas cuestiones de espacio;-) Una vez echa la gestión, el siguiente paso es vestirme y revisar cuidadosamente la mochila, para no tener disgustos, ni olvidos de última hora (todo OK). Salgo de casa con un par de minutos de retraso y veo que el coche de Jaime ya está aparcado a la puerta, en su interior Pedro y el propio Jaime al volante. Con un escueto "Buenos días", emprendemos la marcha; antes de poner rumbo a León, debemos recoger a los otros dos miembros de la peña que van a participar en la carrera: Romo y Juan Carlos. Durante el viaje, nadie tenía ganas de hablar, a excepción de Juan Carlos (no calla ni debajo del agua), por lo que estaba resultando ciertamente aburrido. Esto cambió cuando Romo y Pedro comenzaron una guerra dialéctica contra él, que fue de lo más divertida, eso sí, siempre desde el cariño y el más absoluto de los respetos, que para eso son amigos del alma. Así, entre puñalada y puñalada, llegamos a León sin enterarnos, eran las nueve y veinte. Aparcamos cerca del "Hispánico", pabellón donde había que recoger los dorsales. En apenas diez minutos ya estaban en nuestro poder, junto con la camiseta conmemorativa, por cierto,  el responsable de elegir el color de ésta, se lo tenía que hacer mirar, ¡Qué horror! (adjunto foto)
Como ibamos con tiempo, tomamos un café, volvimos a por el coche y lo acercamos hasta una zona próxima a la meta. Llegados a este punto, todavía restaba más de una hora para el comienzo de la prueba, por lo que pudimos hidratarnos en otro bar y cambiarnos con toda la tranquilidad del mundo. Hicimos la foto de rigor y nos dirigimos hacia la salida, situada en los aledaños del "Hispánico". Durante el calentamiento, nos encontramos con el resto de la expedición, los "trotabirras", que también habían acudido en masa a esta cita tan señalada en nuestro calendario (por el posterior vermuth en el "Húmedo"). Así, a bote pronto, recuerdo haber saludado a: "Niño", Sigu, Julito, Gabi, Ramón, Goyo, Dani, Monge, Fer, Gus, Alonso, Toñín y Miguel (Si he omitido a alguno, que me perdone y me lo haga llegar para incluirle).
Pese a estar situada en una calle bastante ancha, esta salida es siempre complicada, debido a la alta participación de la prueba: según cifras oficiales, 1520 personas tomaron la salida. Lo que nunca entenderé, es porqué habiendo varios cajones y dorsales de diferentes colores, según las marcas acreditadas, hay gente que, siendo su único objetivo acabar la prueba, se coloca en las primeras posiciones, entorpeciendo considerablemente a los que van a disputar la carrera o buscan mejorar sus marcas. En mi caso, por la marca conseguida el año pasado, tenía el dorsal de color amarillo, lo que me daba derecho a salir desde el primer cajón. Intenté colocarme lo mejor posible, pero no hubo forma, la aglomeración era enorme.
Una vez más, me tocó sacar a relucir mi faceta más escurridiza, para esquivar a los trotones que copaban las primeras filas, hasta que finalmente se despejó el camino. Ésto, unido a que el primer kilómetro pica ligeramente hacia arriba, hizo que el primer parcial fuera más lento de lo habitual, por encima de los cuatro minutos. En seguida me di cuenta, de que me había abrigado demasiado, es algo que me suele suceder a menudo en estas fechas, en las que hay tanta amplitud térmica. Traté de no obsesionarme con mi temperatura corporal y aumenté un poco el ritmo.
Esta parte de la carrera, hasta el cinco, es más favorable, por lo que mis tiempos mejoraron exponencialmente, los siguientes cuatro intervalos los completo a una media de 3'50" el kilómetro. A partir de aquí es donde empiezo a notar el cansancio acumulado por los entrenamientos de toda la semana (70 kilómetros, incluida una tirada de 22 el día anterior). En el ecuador de la prueba, se afronta lo más duro de la misma, un repecho de unos 400 metros, en el que tengo que dar el 100% para superarlo sin bajar el ritmo excesivamente. Pese al esfuerzo, el parcial se me va a 4'02"  y lo peor, es que aun quedan cuatro kilómetros por delante y voy en la reserva. Los dos siguientes son más  llevaderos, ya que la pendiente es ligeramente favorable, así que vuelvo a estar por debajo de los cuatro minutos, aunque no con poco esfuerzo. Del ocho al nueve sufro de lo lindo; me vengo un poco abajo por la falta de fuerzas, el calor insoportable que me da la camiseta térmica y por la cantidad de gente que me adelanta sin aparente esfuerzo. Al afrontar el último 1000, miro el reloj: 35'35", si no desfallezco conseguiré bajar de 40 minutos, que era mi objetivo. Comienza a notarse la cercanía de la meta; el público se empieza a agolpar a los laterales del circuito, animando sin parar a familiares, conocidos y por inercia, a cada corredor que pasa ante ellos. Esto te da alas para acometer los últimos metros, ya que el aliento de la gente, contrarresta el cansancio y el desnivel de la empinada calle que asciende hasta la fachada principal  de la catedral, donde está situada la línea de llegada. Justo al final de la cuesta, empiezo a oir voces familiares que reclaman mi atención, son mis chicas y todo el séquito de acompañantes de los "mochilones" que aplauden y gritan
a mi paso; es inevitable emocionarse, les correspondo con una sonrisa y acercandome para chocar las manos de las peques. Tras un giro de 90º a la izquierda,
se afrontan los últimos metros, situados frente el triple pórtico de la fachada occidental de la catedral, con su majestuoso rosetón como testigo de excepción, es una llegada espectacular. Cruzo el arco de meta
con las manos alzadas, ya que el esfuerzo había tenido su recompensa: el cronógrafo marcaba 39'29", logrando así mi segunda mejor marca en un 10000 y sacándome la espinita, que aún tenía clavada, desde la "urbana" de Palencia del mes pasado.
Delante de mi entraron: "Niño" en 37'20" y Gabi en 38'40". Por detrás Sigu en 40'20", Julio en 41', Juan Carlos en 43', Romo en 45'. Jaime y Pedro lograron terminar con gran pundonor en 58' pese a estar lesionados. Los demás, espero que me perdonen por no acordarme de sus marcas, pero siendo tantos, me resulta imposible quedarme con todos los datos.
La organización de la prueba, como siempre, fue impecable y el trato al corredor inmejorable, por lo que quiero darles mi más sincera enhorabuena y mi promesa de reencontrarnos en futuras ediciones. Tras la carrera disfrutamos de un vermuth espectacular, en el que degustamos las más sabrosas tapas del barrio "Húmedo", acompañadas de una generosa cantidad de cervezas (0'0 en el caso de los conductores), en un ambiente
increíble, con un tiempo primaveral y en un marco incomparable, lo que viene siendo UN GRAN DÍA.
Próxima parada, media maratón internacional de Tordesillas 27/10/13.
Un saludo a todos los viciosos del running.
Objetivo cumplido 
Pedro en los últimos metros
Jaime saludando a los peques
Dedicandoselo a Alba
Trotabirras
Romo en los ultimos metros
Mochilones runners
La cacamiseta de la discordia